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Francisco "Paco" Rossi

 

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¿sabés quién era Marletta? a que se dedicaba...

10 de Noviembre de 2013

Gustavo Oroza, me acercó este relato de un personaje de nuestra comunidad. Gracias Gustavo. Los recuerdos que tengo de don Marletta se remontan a unos 40 años atrás, razón por la cual algunas cuestiones cronológicas puedan ser no tan exactas.
Hacia el año '68 aproximadamente este inmigrante italiano vivía, efectivamente en lo que hoy conocemos como Rincón de Marletta. Por supuesto que en ese momento la ubicación geográfica no estaba dentro de mis preocupaciones: la cuestión era que con mi madre al volante nos aventurábamos en ese laberinto de calles, acequias y alamedas; y desembocábamos en una casita muy humilde, pero de material en donde encontrábamos un matrimonio muy simpático y algo pintoresco, que, aunque no supe que hayan tenido hijos tenían por compañía una perrita blanca, lanuda y juguetona a la que llamaban "la Meri", y que completaba esta familia tan singular.
La visitas eran generalmente de un buen rato, e incluían almuerzo (unas sopas increíbles, y pollo asado de la casa), y ya a la tardecita la merienda. Mas de una vez se hizo de noche por lo que nos íbamos después de la cena que bien podía ser un "chupi-chupi" (pan, a razón de media flauta, tostado en la plancha de la Istilart (cocina a leña), y luego con queso cuartirolo al horno dos minutos, sacar rápido y comerlo "a piernas abiertas") ; ellos con mi madre eran grandes conversadores, y compartían innumerables anécdotas e historias, recetas, secretos de la quinta y otras yerbas; mientras que yo jugaba libre por el enorme patio y alrededores...para un niño un espacio casi infinito.
No recuerdo los nombres de pila. Para mi eran el abuelo y la abuela Marletta.
Ella era Mapuche, delgada y de rigurosos pantalones, casi siempre de negro; recuerdo de ella su voz pausada y calma, su mirada profunda y bondadosa. Siempre ocupada con la casa, la cocina, su pequeña granja, su mundo.
El abuelo Marletta con sus pantalones carpinteros de grafa verde o gris -siempre mas bien cortones, no mas abajo del tobillo, con los tiradores que remataban en sendos hebillas y botones de cobre; la típica gorra de inmigrante que protegía su pelada, y por debajo asomando su cabello gris. Las cejas pobladas y revueltas enmarcaban los ojos celestes y vivaces. El atuendo característico se completaba con la camisa azul de grafa arremangada, y unos botines de trabajo muy gastados.
En su castellano cocoliche contaba chistes, enseñaba oficios a quien quisiera aprender (en mas de una oportunidad fuí improvisado dependiente dándole manija a la fragua en ese taller con algo de laboratorio donde reinaba una suerte de caos controlado. En el bolsillo de la camisa descansaban -infaltables- un paquete de Fontanares sin filtro, y una caja de fósforos Ranchera (ni de madera, ni de seguridad: de papel encerado para prender hasta raspándolos en la pared...y ojo!).
Cada tanto hacía un alto en su trabajo, prendía con parsimonia un cigarrillo y desgranaba alguna historia. Muchas de esas historias eran de la guerra -del '45- en donde había servido bajo los designios del Duce en un regimiento de infantería en las batallas de la Tripolitania, como él decía (mas adelante comprendería que formó parte de las avanzadas de tierra que los mandos del eje distribuyeron en Trípoli). Historias muy tristes, como las de toda guerra, que le dejaron recuerdos imborrables de pérdidas, privaciones y miseria humana que le nublaban esos ojos azules...entonces se volvían grises, y el cigarrillo una larga ceniza suspendida en sus dedos curtidos.
Marletta sabía de todo: de niveles, de soldadura, de zinguería (dominaba especialmente este oficio), de metalurgia, de redes e infraestructura; y más de una vez dio opinión o consejo a personas que entendían en la cuestión de las obras en el entonces incipiente Municipio.
Al tiempo se mudó al pueblo, vivió cerca de mi domicilio (en la calle Güemes, entre General Paz y Estrada), recreando en el terreno ese mismo caos controlado de hierros, chapas, postes, vivienda y anexo taller (sin olvidar el gallinero, y por supuesto: La Meri). Muchas veces a la vuelta de la escuela me iba a merendar a su casa; la abuela hacía café con leche para todos (si, a la perrita también le servía el suyo), ella usaba leche condensada (ninguna tenía el sabor de la que compraba ella) y de un frasco de boca ancha servía galletitas dulces, que jamás faltaban.
Después crecí, el inmenso mundo apareció ante mí con toda su diversidad: terminar la primaria, ir a hacer el secundario a Neuquén...y fue por allí, en algún momento que no registré cuando los perdí. El abuelo falleció. La abuela fue con unos familiares que la cuidaron; y yo dejé de pasar frente a esa casa porque me daba mucha tristeza.
Para finalizar, me quedo con lo más lindo: El abuelo fabricaba unos tambores de chapa con separadores internos para hervir conservas (si, todos hacíamos conservas); esos separadores eran como una bandeja de hojalata con tres patas de la altura de los frascos que iban sumergidos en el tambor hirviendo. Tenían agujeros (muchos) del diámetro de una moneda grande (de las de un peso de antes, o mas). Esos agujeros los recortaba con una cizalla especial que dejaba el taller sembrado de...roblones del tesoro de los piratas!, que Marletta me juntabas de a docenas, y yo ávidamente amarrocaba y defendía -cuchillo entre los dientes- de las terribles garras del pirata Morgan y sus secuaces.

Espero no haberte aburrido con mi historia, y haber aportado un granito de arena a la historia de esta bendita Ciudad, y al afectuoso recuerdo de sus pobladores.

Te felicito por la iniciativa, un abrazo.


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